Muchas veces nos lanzamos a un mundo que nos apasiona, del que queremos hacer nuestro medio de vida, y muchas veces no calculamos las consecuencias que eso supone. Incluso puede ocurrir que ya ejerciendo perdamos el punto de vista que nos ha traído hasta aquí: entrenar personas.

Siempre he entendido que esta profesión requiere pasión, gusto por el entrenamiento con independencia de la dificultad que eso supone, y de alguna manera apropiarnos de la “cultura del esfuerzo”. Me aterroriza aquello del “No Pain No Gain”, y que se incluye en el paquete del dolor y de la negatividad, cuando entiendo el entrenamiento desde una óptica amable, apta y necesaria para todos los públicos. Ahondando un poco más, ejercer como instructor implica ser un agente transformador de vidas a través del fitness.

Ser un buen instructor implica una responsabilidad frente a personas y que debe incluir una ejecución apropiada de los ejercicios, una personalización en cuanto a la ejecución en función de las necesidades individuales, un soporte musical adecuado (si la actividad lo requiere), y aspectos como la comunicación, motivación y liderazgo que la profesión exige.

Sospecho que en determinados casos no nos damos cuenta y transitamos desde ejercer el oficio con unos parámetros de calidad mínimos indispensables, a buscar el reconocimiento. A veces reflexiono cuando observo que hay personas (afortunadamente pocas) en las que el magnetismo de sentirnos queridos, en sentir el reconocimiento, pesa mucho más que la profesionalidad que requiere ser instructor. He comentado en grupos de compañeros/as la cantidad de “chupa-tarimas” que están proliferando, con todos mis respetos a los que busquen esto, olvidándose de aquellos/as que ejercen este oficio en lugares pequeños, donde hay que sortear muchas dificultades para realizar unas sesiones de entrenamientos mínimamente decentes, o en lugares donde en una clase para muchas personas asisten pocas y deseamos aquello de “ojalá no quiera hacer la clase hoy”.

Debemos aprestarnos en ofrecer lo mejor de nosotros con independencia de tener en la clase a 2 personas o a 30. Imagínate entrar en una cafetería donde solo hay 2 clientes y el camarero no sirve café porque no sale rentable encender la cafetera para pocas personas. Es más, y puede que no agrade a alguien, pero no entiendo aquella norma de “solo doy la clase cuando hay más de X personas”.

Desde mi punto de vista la respuesta a lo que hacemos pasa por tener una formación mínimamente buena, o por lo menos aceptable, donde predominen el valor del entrenamiento sin menospreciar todos los elementos necesarios para que las personas puedan recibir nuestro trabajo, como por ejemplo la motivación o la comunicación, sorteando nuestro estado personal para ofrecer nuestra mejor versión.

Venancio lorenzo

Venancio lorenzo

Docente de Gedecan Formación

Formador de Ciclo Indoor con 10 años de experiencia.

Instructor experto en actividades dirigidas con soporte musical con 20 años de experiencia.

Máster en formador de formadores.

Formado por Forteza Training System-Fit-habits en entrenamiento personal.

Ponente en diversas actividades en Seminarios y Convenciones.

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